La crítica italiana destaca el esfuerzo de la misma teoría feminista en reconocerse y desarrollarse a partir de la paradoja “mujer”, pero propone la teoría de los sujetos excéntricos, basada en la “hipótesis de un autodesplazamiento al mismo tiempo social y subjetivo, externo e interno, político y personal”. En relación a este autodesplazamiento que da origen a la teoría de los sujetos excéntricos, Lauretis analiza otras categorías que a su criterio deben ser reconceptualizadas y que de por sí se encuentran totalmente relacionadas con el punto central de la excentricidad: la rearticulación del sujeto, móvil o múltiple; las formas de opresión y modalidades de conocimiento formal; el concepto de marginalidad como posición política y de identidad como des-identificación.
Plantear la teoría feminista a partir de la existencia de sujetos excéntricos permite a Lauretis hablar de una conciencia que pone en el centro de la discusión un sujeto que ya no es ni unitario, ni estable, sino por el contrario
“un sujeto que ocupa posiciones múltiples, distribuidas a lo largo de varios ejes de diferencia, y atravesado por discursos y prácticas que pueden ser –y a menudo lo son- recíprocamente contradictorios … y [que] tiene la capacidad de obrar, de moverse y dislocarse de forma autodeterminada, de tomar conciencia política y responsabilidad social, incluso en su contradicción y no coherencia” (Lauretis, 2000, pág. 137).
El sujeto, planteado en estos términos, experimenta un desplazamiento, una transformación que implica dejar el lugar seguro para ocupar la periferia, un otro lugar desconocido y que acarrea consecuentemente nuevas formas de mirar y de pensar excéntricas, respecto de un centro que siempre es el dominio de los aparatos socioculturales que determinan la identidad.
La posición hegemónica de los discursos heterosexuales –que dan por ejemplo por sentado la cuestión de género como marca indiscutible de identidad- se organizan a partir de un “contrato heterosexual” que avala tanto los aparatos ideológicos como las instituciones socioeconómicas como instrumentos de opresión. El sujeto que se posiciona fuera de ese lugar y cuestiona tanto las instituciones como los discursos hegemónicos y se enfrenta, además al orden establecido desconociendo aquel contrato heterosexual, es un sujeto que necesariamente asume un punto de vista excéntrico, “es un sujeto excéntrico al campo social, constituido en un proceso de interpretación y de lucha, de reescritura de sí en relación a otra forma de entender lo social, la historia, la cultura” (Lauretis, 2000, pág. 145).
De los trece cuentos que componen Lazos de familia, publicado el 27 de julio de 1960 por la editorial Francisco Alves en Río de Janeiro, y parte del corpus del presente trabajo, siete tienen como protagonistas a mujeres. En algunos casos el personaje es una mujer con nombre: Ana es la protagonista de “Amor”; Laura, de “Imitación de la rosa”; Zilda y la abuela Anita son las protagonistas de “Feliz cumpleaños”, aunque en esta narración aparecen otros personajes, femeninos y masculinos; en “Lazos de familia” Catalina ocupa el lugar de protagonista del relato, aunque también otro personaje femenino, Severina, su madre, aparece en escena. “Devaneo y embriaguez de una muchacha”, “Preciosidad”, “Misterio en São Cristóvão” y “El búfalo” tienen como protagonistas a una muchacha, una jovencita y una mujer, respectivamente, pero en ninguno de los cuatro casos estos personajes son identificados con un nombre. En el cuento “Una gallina”, un padre, una madre y una hija pequeña se interrelacionan con el animal. “Comienzos de una fortuna” tiene como protagonista a un niño entrando a la adolescencia. En “La cena” la presencia de una voz masculina es apenas perceptible. En “El crimen del profesor de matemáticas” y “La mujer más pequeña del mundo” los protagonistas son hombres, aunque el animal, la mujer y la familia también aparecen.
Este sintético recorrido por los textos de Lazos de familia, poniendo el foco de atención en los personajes, me permite anticipar que efectivamente Lispector escoge para sus narraciones, en la mayoría de los casos, personajes femeninos y estos sujetos femeninos aparecen, o bien con un nombre propio, o bien categorizados como: mujer, muchacha, madre, hija, vieja. El hecho no es insignificante pues, en la orientación que estoy marcando, puedo coincidir con Judith Butler en que el término “mujer” puede ser aprehendido como un sitio permanente de oposición o como un sitio de lucha angustiosa, y entendido de esta manera se puede suponer, por lo tanto que no puede haber ningún cierre de la categoría. (Butler, 2008, pág. 311).
La paradoja “mujer” de la que hablaba más arriba en la línea de pensamiento de Teresa de Lauretis, requiere pensar en “la constitución del sujeto social depend[iente] del nexo entre lenguaje/subjetividad/conciencia” lo que equivale a decir que “lo que es personal es político, dado que lo político se convierte en personal a través de sus efectos subjetivos en la experiencia del sujeto” (Lauretis, 2000, pág. 111).
Resulta claro, entonces, que los personajes femeninos de los textos de Lazos de familia, actúan como sujetos femeninos en los que es posible detectar cómo “algunas configuraciones culturales del género ocupan el lugar de lo “real” y refuerzan e incrementan su hegemonía a través de esa feliz autonaturalización” (Butler, 2007, pág.97). La categoría del género atraviesa, desde mi perspectiva, los Lazos de familia, pero al identificar los personajes femeninos como sujetos excéntricos es claro que se revela en ellos la lucha contra los aparatos ideológicos y las instituciones socio-económicas pues el modo excéntrico es precisamente una manera de concebir al sujeto independientemente o por fuera del género. Como sostiene Teresa de Lauretis,
este sujeto excéntrico permite pensar la identidad como “una autocolocación, una elección –siempre determinada por la experiencia- entre las posibles posiciones accesibles en el campo social, es decir, que pueden ser asumidas por el sujeto o involuntariamente (ideológicamente) o bajo la forma de conciencia política” ( 2000, p. 137).