Un recorrido por textos y calles nos conduce, necesariamente, a reinventarnos, a re-escribirnos, a pertenecer al conjunto y redefinirnos, accionando entre los unos y los otros.







lunes, 8 de noviembre de 2010

SUJETO EXCÉNTRICO



      La crítica italiana destaca el esfuerzo de la misma teoría feminista en reconocerse y desarrollarse a partir de la paradoja “mujer”, pero propone la teoría de los sujetos excéntricos, basada en la “hipótesis de un autodesplazamiento al mismo tiempo social y subjetivo, externo e interno, político y personal”. En relación a este autodesplazamiento que da origen a la teoría de los sujetos excéntricos, Lauretis analiza otras categorías que a su criterio deben ser reconceptualizadas y que de por sí se encuentran totalmente relacionadas con el punto central de la excentricidad: la rearticulación del sujeto, móvil o múltiple; las formas de opresión y modalidades de conocimiento formal; el concepto de marginalidad como posición política y de identidad como des-identificación.
      Plantear la teoría feminista a partir de la existencia de sujetos excéntricos permite a Lauretis hablar de una conciencia que pone en el centro de la discusión un sujeto que ya no es ni unitario, ni estable, sino por el contrario

 “un sujeto que ocupa posiciones múltiples, distribuidas a lo largo de varios ejes de diferencia, y atravesado por discursos y prácticas que pueden ser –y a menudo lo son- recíprocamente contradictorios …  y [que] tiene la capacidad de obrar, de moverse y dislocarse de forma autodeterminada, de tomar conciencia política y responsabilidad social, incluso en su contradicción y no coherencia” (Lauretis, 2000, pág. 137).

      El sujeto, planteado en estos términos, experimenta un desplazamiento, una transformación que implica dejar el lugar seguro para ocupar la periferia, un otro lugar desconocido y que acarrea consecuentemente nuevas formas de mirar y de pensar excéntricas, respecto de un centro que siempre es el dominio de los aparatos socioculturales que determinan la identidad.
      La posición hegemónica de los discursos heterosexuales –que dan por ejemplo por sentado la cuestión de género como marca indiscutible de identidad- se organizan a partir de un “contrato heterosexual” que avala tanto los aparatos ideológicos como las instituciones socioeconómicas como instrumentos de opresión. El sujeto que se posiciona fuera de ese lugar y cuestiona tanto  las instituciones como los discursos hegemónicos y se enfrenta, además al orden establecido desconociendo aquel contrato heterosexual, es un sujeto que necesariamente asume un punto de vista excéntrico, “es un sujeto excéntrico al campo social, constituido en un proceso de interpretación y de lucha, de reescritura de sí en relación a otra forma de entender lo social, la historia, la cultura” (Lauretis, 2000, pág. 145).
      De los trece cuentos que componen Lazos de familia, publicado el 27 de julio de 1960  por la editorial  Francisco Alves en Río de Janeiro, y parte del corpus del presente trabajo, siete tienen como protagonistas a mujeres. En algunos casos el personaje es una mujer con nombre: Ana es la protagonista de “Amor”; Laura, de “Imitación de la rosa”; Zilda y la abuela Anita son las protagonistas de “Feliz cumpleaños”, aunque en esta narración aparecen otros personajes, femeninos y masculinos; en “Lazos de familia”  Catalina ocupa el lugar de protagonista del relato, aunque también otro personaje femenino, Severina, su madre, aparece en escena. “Devaneo y embriaguez de una muchacha”, “Preciosidad”, “Misterio en São Cristóvão” y “El búfalo” tienen como protagonistas a una muchacha, una jovencita y una mujer, respectivamente, pero en ninguno de los cuatro casos estos personajes son identificados con un nombre. En el cuento “Una gallina”, un padre, una madre y una hija pequeña se interrelacionan con el animal. “Comienzos de una fortuna” tiene como protagonista a un niño entrando a la adolescencia. En “La cena” la presencia de una voz masculina es apenas perceptible. En “El crimen del profesor de matemáticas” y “La mujer más pequeña del mundo” los protagonistas son hombres, aunque el animal, la mujer y la familia también aparecen.
      Este sintético recorrido por los textos de Lazos de familia, poniendo el foco de atención en los personajes, me permite anticipar que efectivamente Lispector escoge para sus narraciones, en la mayoría de los casos,  personajes femeninos y estos sujetos femeninos aparecen, o bien con un nombre propio, o bien categorizados como: mujer, muchacha, madre, hija, vieja. El hecho no es insignificante pues, en la orientación que estoy marcando, puedo coincidir con Judith Butler en que el término “mujer” puede ser aprehendido  como un sitio permanente de oposición o como un sitio de lucha angustiosa, y entendido de esta manera se puede suponer, por lo tanto que no puede haber ningún cierre de la categoría. (Butler, 2008, pág. 311).
      La paradoja “mujer” de la que hablaba más arriba en la línea de pensamiento de Teresa de Lauretis, requiere pensar en “la constitución del sujeto social depend[iente] del nexo entre lenguaje/subjetividad/conciencia” lo que equivale a decir que “lo que es personal es político, dado que lo político se convierte en personal a través de sus efectos subjetivos en la experiencia del sujeto” (Lauretis, 2000, pág. 111).

      Resulta claro, entonces, que los personajes femeninos de los textos de Lazos de familia, actúan como sujetos femeninos en los que es posible detectar cómo “algunas configuraciones culturales del género ocupan el lugar de lo “real” y refuerzan e incrementan su hegemonía a través  de esa feliz autonaturalización” (Butler, 2007, pág.97).  La categoría del género atraviesa, desde mi perspectiva, los Lazos de familia, pero al identificar los personajes femeninos como sujetos excéntricos es claro que se revela en ellos la lucha contra los aparatos ideológicos y las instituciones socio-económicas pues el modo excéntrico es precisamente una manera de concebir al sujeto independientemente o por fuera del género. Como sostiene Teresa de Lauretis,

este sujeto excéntrico permite pensar la identidad como “una autocolocación, una elección –siempre determinada por la experiencia- entre las posibles posiciones accesibles en el campo social, es decir, que pueden ser asumidas por el sujeto o involuntariamente (ideológicamente) o bajo la forma de conciencia política” ( 2000, p. 137).



La epifanía


1.2. EPIFANÍA: CLAVE DE LA ESCRITURA CLARICEANA


      Una y otra vez Clarice señala que el mismo hecho de la escritura sobreviene de un momento de “reconocimiento”, de un instante de “revelación” y así lo deja plasmado en varios textos de Para no olvidar (2007). Ese momento de revelación que  apunta una y otra vez cuando reflexiona sobre su escritura es lo que se convierte en sus ficciones en la epifanía, una nota distintiva de su escritura que en el presente trabajo es identificada como una clave para desvelar lo oculto, para descubrir la entrelínea, para identificar los ideologemas que marcarán la clave política de su escritura.
      La epifanía, cuyo significado es revelación o manifestación, se asocia con la religión y la mística y desde esa perspectiva ha sido estudiada en la obra de Lispector por críticos como Antonio Maura (1998). Olga de Sá (1979) es la crítica que, recuperando los trabajos de otros analistas de la obra de Lispector, analiza el uso de este término desde que es empleado, en la literatura, por su precursor James Joyce. De su estudio[1], la crítica brasileña concluye que la epifanía es un procedimiento narrativo que desemboca en lo que ella llama una “escritura epifánica”. Según Olga de Sá 

A epifania não é uma simples técnica e tal vez nem mesmo um processo fundamental de sua expressão, a não ser que seja entendida como integrada na sua visão do mundo. A epifania não é um motivo, mas é um tema da obra clariciana. Será um procedimento? (...) Ora o procedimento de "estranhamento", em Clarice Lispector, é a epifania. [2]
     
      ¿Y con qué tiene que ver ese procedimiento en la escritura de Clarice? Los ejemplos abundan en todos sus textos: la vida rutinaria, la cotidianeidad en la que aparecen inscriptos los  personajes, no impiden que esos mismos personajes, en un determinado momento, experimenten “algo” diferente, que no tiene que ver ni con el aislamiento del sujeto, ni con una cuestión mística. Ese algo es la “visión”, la “revelación”, que Olga de Sá considera como la  “expressão de um momento excepcional, em que se rasga para alguém a casca do cotidiano, que é rotina, mecanicismo e vazio” (Sá, 1979, pág. 134)[3]
      Otro crítico que analiza la obra de Lispector desde una perspectiva estructuralista es Affonso Romano de Sant’Anna, para quien

epifania (epiphaneia) pode ser compreendida num sentido místico-religiosos e num sentido literário. No sentido místico-religioso, epifania é o aparecimento de uma divindade e uma manifestação espiritual, e é neste sentido que a palavra surge descrevendo a aparição de Cristo aos gentis. Aplicado à literatura o termo significa o relato de uma experiencia que a principio se mostra simples e rotineira, mas que acaba por mostrar toda a força de uma inusitada revelação (Sant’Anna en Maura, 2003, págs. 364, 365).[4]

      Así, en los textos de Clarice  la epifanía está presente, articulando como punto central lo que Reinhard Huaman Mori, siguiendo a Sant`Anna[5], como bien se encarga de demostrar Olga de Sá[6], considera las principales características de las narraciones de Lazos de familia (2005), a saber:

-Presentación de personajes, quienes se ven inmersos en una realidad de costumbres y hechos repetitivos.
-Una intromisión fortuita de un hecho natural que desarticula dicha existencia cambiando el sentido de la realidad.
-Cuestionamiento del orden primero y sus relaciones con esta ruptura. Se produce el descubrimiento de la vida y de la muerte, del amor y del odio, del eros y del tanatos; (Huaman Mori, 2005).

      Todo lo cual estructura un marco organizativo en el que la experiencia epifánica inscribe en el personaje una capacidad de subversión del orden establecido: la epifanía es una apertura al conocimiento de otro orden, de otra realidad.

Todo este devenir tiene un punto central, que sin él nada puede suceder, que es la epifanía. Ahora bien, esta revelación … es activada por cualquier hecho banal o natural, y a partir de ello los personajes se encuentran inmersos en un profundo flujo de conciencia. Los momentos epifánicos son totalmente traumáticos, ya que se origina una cadena de ruptura de los valores conocidos por otros completamente desconocidos (Huaman Mori, 2005).

      La epifanía entonces pone a los personajes de Lispector en una encrucijada, pues después de la experiencia de la revelación deben decidir y optar, aunque muchas veces deciden volver al mismo punto de partida, rechazando el cambio que han vislumbrado como posibilidad. Cambio que ubicaría a los personajes en otro lugar, en el lugar de protagonistas de ese otro mundo, de esa otra vida que para Olga de Sá es la “vida salvaje”: “La epifanía es un modo de desvelar la vida salvaje que existe bajo la mansa apariencia de las cosas” (Hernández Terrazas, 2008, pág. 207).
      Ahora bien, ¿qué es lo que se conjuga en los textos de Clarice para que los personajes experimenten la epifanía? Evidentemente el suceso epifánico obliga a pensar en personajes que tienen una necesidad: revertir la situación actual, “el orden establecido”, porque estos personajes no aceptan ubicarse en “el centro” que establece lo normal, sino que son ex-centrados y si, después del momento de revelación deciden quedarse en el mismo lugar es porque se sienten incapacitados para habitar ese otro mundo, el mundo de la periferia. Sin embargo, más allá de la resolución final en este aspecto, los personajes clariceanos son sujetos excéntricos, porque a partir de la puesta en marcha del pensamiento, a partir del fluir de la conciencia, tienen precisamente conocimiento de tal situación. Existen entonces, en los textos clariceanos, unos personajes que ponen en evidencia “el inconsciente[7] como lugar de resistencia [cuya] capacidad específica de exceder los mecanismos de la determinación social puede llevar a comprender otro aspecto crucial de la capacidad de obrar” (Lauretis, 2000, pág. 122,123). Pero además estos personajes son femeninos, en la mayoría de los casos, con lo que, si es posible entender el mundo hegemónico y central como masculino y falogocéntrico, lo contrahegemónico y ex-centrado aparece entonces con voz femenina. Sobre el sujeto excéntrico me explayaré más adelante.





[1] Olga de Sá realiza, en la segunda parte, “Parte Analítica”, de su libro de 1979 A escritura de Clarice Lispector, un profundo análisis de la epifanía en Joyce, el percusor del empleo del término en literatura, siguiendo los estudios de Umberto Eco, Harry Levin y Jacques Aubert, para, después analizar el procedimiento  en la novela inaugural de Lispector: Cerca del corazón salvaje (1944). Con este minucioso estudio sobre la obra de Lispector, Olga de Sá se convierte en la fuente de consulta imposible de soslayar, a la hora de abordar críticamente los textos de Clarice, específicamente en lo referente a la “epifanía”.
[2] La epifanía no es una técnica sencilla y tal vez ni siquiera un proceso fundamental de expresión, a menos que se perciba como parte integrante de su visión del mundo. La epifanía no es un motivo, pero es un tema de la obra clariceana. Es un procedimiento? (...) Ahora, el procedimiento de "extrañamiento" en Clarice Lispector, es la epifanía. La traducción es mía

[3] Es la expresión de un momento excepcional, cuando alguien rompe la corteza de la vida cotidiana que es la rutina, el mecanismo de pleno derecho. La traducción es mía.
[4] “La epifanía puede ser comprendida en un sentido místico religioso y en un sentido literario. En el sentido místico-religioso, epifanía es la aparición de una divinidad y una manifestación espiritual, y es en este sentido que la palabra surge describiendo la aparición de Cristo a la gente. Aplicado a la literatura el término significa el relato de una experiencia que al principio se muestra simple y rutinaria, pero que termina por mostrar toda la fuerza de una inusitada revelación”. La traducción es mía.
[5] En este caso sigo a Huaman Mori para evitar el texto en portugués de Sant` Anna.
[6] Es importante tener en cuenta que,  quien le dio valor heurístico al concepto de epifanía en relación con la obra de Clarice Lispector fue Olga de Sá en su clásico libro La escritura de Clarice Lispector. Ahora bien, ella no lo inventó. Hay un trabajo previo de Affonso Romano de Sant'Anna que lo menciona (Análise estrutural de romances brasileiros) entendiéndolo como una técnica de inspiración joyceana. Pero el autor de la propuesta es Benedito Nunes que -en un ensayo de 1973 denominado «Clarice Lispector»- la hace constar en un párrafo al nombrarla: "Tais são os principais significantes dispersos que convergem, remontando ao significado fugidio de uma epifania..." (123). Es claro que la recurrencia a Joyce proviene de la propia Clarice Lispector que inicia su novela Perto do coração selvagem con un epígrafe del autor aun cuando ella misma ignore la palabra. Lo que hay que rescatar -básicamente- del texto de Olga de Sá y que lo torna imprescindible en las lecturas críticas sobre la autora brasileña, es la fuerza que le otorga al pensarla como clave de lectura ya que su aplicación permite entender su ficción como "metáfora epistemológica” (Eco) del texto de existir. Koleff, M. en http://maiquel-morangosmofados.blogspot.com/search?updated-max=2010-09-14T09%3A51%3A00-07%3A00&max-results=7
[7] El término “inconsciente” es utilizado aquí en su acepción psicoanalítica. En el ensayo “Sujetos excéntricos”, en Diferencias, Teresa de Lauretis desarrolla las relaciones entre marxismo, psicoanálisis y feminismo, a partir del análisis de las propuestas de varias autoras de la teoría feminista, para arribar a su teoría de los sujetos excéntricos.

jueves, 7 de octubre de 2010

La pregunta ética II Judith Butler

La perspectiva de la primera persona adoptada por la pregunta ética, así como la apelación directa a un "tú", quedan desorientadas debido a la dependencia fundamental de la esfera ética respecto de lo social. Sea o no singular, el otro es reconocido y confiere reconocimiento a través de un conjunto de normas que rigen la reconocibilidad. Así, mientras el otro puede ser, si no radicalmente personal, las normas son hasta cierto punto impersonales e indiferentes, e introducen una desorientación de la perspectiva del sujeto en medio del reconocimiento en cuanto encuentro (...) En cierto sentido, me someto a una norma de reconocimiento cuando te ofrezco mi reconocimiento, lo cual significa que el "yo" no lo ofrece a partir de sus recursos privados. En rigor, parece que el "yo" queda sujeto a la norma en el momento de hacer ese ofrecimiento, de modo que se convierte en un instrumento de la agencia de esa norma. Por eso, el "yo" parece invariablemente usado por la norma en la medida en que trata de usarla. Aunque yo creía tener una relación "contigo", resulta que estoy atrapada en una lucha con las normas. Pero, ¿podría ser también cierto que no estaría enredada en esa lucha si no fuera por un deseo de otorgarte reconocimiento? Cómo entendemos ese deseo?

Judith Butler (2009). Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad. Buenos Aires: Amorrortu.

La pregunta ética. Judith Butler

Al plantear la pregunta ética "¿Cómo debería yo tratar a otro?", quedo atrapada de inmediato en un reino de normatividad social, dado que el otro sólo se me aparece, sólo funciona como otro para mí, si existe un marco dentro del cual puedo verlo y aprehenderlo en su separatividad y en su exterioridad. Por tanto, aunque pueda estimar que la relación ética es diádica e incluso presocial, quedo encerrada no sólo en la esfera de la normatividad, sino en la problemática del poder, cuando planteo la pregunta ética en su llaneza y en su simplicidad: "¿Cómo debería tratarte?". Si el "yo" y el "tú" deben surgir primero, y si es necesario un marco normativo para ese surgimiento y ese encuentro, las normas actúan no sólo para dirigir mi conducta, sino para condicionar la posible aparición de un encuentro entre el otro y yo.

Judith Butler. (2009) Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad. Buenos Aires: Amorrortu.

(A)CRÓNICA II: ¿POS-EPIFANÍA? EL GRITO

Pero es posible que se cierren las ventanas y las puertas y sobre un escenario oscuro aparezca el grito, no la imagen tan distorsionada y convulsionada, sino el grito, procediendo desde una entraña sin tejido que la contenga: las tripas desparramadas sobre las tablas carcomidas por el tiempo sin tiempo.
El grito; mi grito. Esa extraña y paradojal manera de decir sin decir nada.
Cuando la luz y el aire entren, ¿habrá censura? ¿O acaso el eco seguirá repitiendo tanto sinsentido?

(A)CRÓNICA I: ¿POS-EPIFANÍA? LA PREGUNTA DE MI OTRO YO

Claro, siempre es una sensación de vacío, de incapacidad para llenar eso que no se sabe qué es, pero que está ahí, o allí, o más acá, o más allá; quién podría saberlo? Cierto, a la revelación siguió otro estado y sin embargo la incapidad presente, de actuar? de pensar? de ver y mirar? No sé -ésa es la única verdad- qué es lo que sobreviene, tampoco si eso es mío, de mi yo o del otro, del otro que está ahí, o allá, o más acá o más allá. Dudas, contradicciones, temores, preguntas, muchas preguntas, algunas imposibles de socializar. Ah, por supuesto, siempre hay que socializar, de eso se trata. No sé -ésa es la única verdad- a veces es preferible callar, el otro puede tener más dudas que yo. ¿Que yo? ¿Qué yo?
Cierto, más que vacío es un dolor, incomprensible, incompleto, pequeño, egoísta, un dolor que se pregunta y que pregunta y que nunca obtiene respuesta. ¿Mi dolor? No sé -ésa es la única verdad-, tal vez mío, tal vez el dolor de mi otro yo, tal vez...

(Pasaron Clarice y Caio; inevitablemente la sangre y el hueco, la presión en el pecho, la pregunta sin respuesta)

lunes, 27 de septiembre de 2010

LA ESCRITURA DE LISPECTOR

           


      La escritura de Clarice Lispector goza de unos atributos tan especiales que la crítica no ha dudado en denominarla hermética. Se trata de la producción de una literatura de ficción que juega con las esferas del yo y del otro, de manera inquietante, instalando y consolidando el sujeto femenino como voz narrativa. Una escritura que aparece en un momento de revelación cuando todavía es una niña de siete años y al mismo tiempo que aprende a leer. La misma Clarice lo expresa:

Después, cuando aprendí a leer, ¡devoraba los libros! Pensaba: ¡mira, qué cosa! Yo        pensaba que el libro era como un árbol, como un animal: ¡una cosa que nace! ¡No había descubierto que había un autor! Allí, a las tantas, yo descubrí que había un autor. Y dije: “Yo también quiero” (Gotlib, 2007, pág. 108).

      Desde entonces su relación con los libros, la lectura y la escritura será muy especial y desde sus primeros textos experimentará un “apego a sensaciones, impresiones, al no-acontecimiento, espiadas desde la línea de continuidad temporal, en recortes fragmentarios de lo real” (Gotlib, 2007, pág. 109).
      Su producción literaria, variada y extensa, pone en jaque la cuestión del género: Clarice no se preocupa por encuadrar sus textos dentro de un género, por eso juega con ellos corriendo las fronteras. Así, donde hay un cuento, también hay una crónica y viceversa, hasta que,
los cuentos y crónicas comienzan a circular en el interior de la producción de Clarice Lispector con movimientos que en ocasiones parecen caprichosos y, a veces, premeditadamente casuales, tanto que seguir el curso de cada texto se torna por momentos una empresa en verdad fascinante (Solans, 2010, pág. 6).

      Todos estos textos abordan los temas recurrentes de la autora “en muy diferentes claves, ensayando distintos tonos y géneros” (Freixas, 2001, p. 18): lo sagrado, la necesidad de amar, de ser feliz, el misterio de la vida, la búsqueda del otro y de sí misma, las limitaciones del lenguaje para reflejar la realidad.
      Pero la suya es también una escritura de búsqueda centrada en la preocupación por develar el verdadero ser, el suyo y el de las cosas acarreando la incomodidad de las palabras, “si tuviese que poner un título a mi vida sería: en busca de la cosa en sí” (Lispector, 2007, pág. 106). Así lo expresa en “Escribiendo”:

Escribí buscando con mucha atención lo que se estaba organizando en mí y que sólo   después de la paciente quinta copia empecé a entender. Mi recelo era que, por impaciencia con la lentitud que tengo en comprenderme, estuviese creando un sentido antes de tiempo. Tenía la impresión de que, aunque me concediese más tiempo, la historia diría sin convulsión lo que tenía que decir …no sé “vestir una idea con palabras”(Lispector, 2007, pág. 34).

      En la búsqueda que la autora hace, los textos ponen en escena una tensión entre la palabra y el silencio, entre lo dicho y lo no dicho revelando la presencia de aquello que es sumamente importante: “Pero ya que hay que escribir, que al menos no aplastemos con palabras las entrelíneas” (Lispector, 2007, pág. 27). En esas entrelíneas depositará la escritora un sentido, un significado que por añadidura resulta compartido: es responsabilidad de “un nosotros” descubrir y no desoír aquello que se oculta. Porque en la escritura, en la tensión entre palabra y silencio “resuenan … las voces de las otras personas, de opiniones, de posiciones individuales y de grupos sociales” (Bubnova, 2006, pág. 101). La escritura entonces resulta una necesidad, un acto del que no puede escapar, un deber ético, el deber ético de comprenderse a sí misma, de comprender el mundo y hacerlo claro, para sí y  para los demás. La escritura es para Clarice la única forma de “entender”:

Escribir es una necesidad para mí. Por un lado, porque escribir es una manera de no falsear el sentimiento…; por otra parte escribo por mi incapacidad de entender si no es a través del proceso de escritura…Acepto el riesgo…no …por libertad arbitraria o por inconsciencia, o por arrogancia; cada día cuando me despierto, hasta por costumbre, acepto el riesgo. Siempre he tenido un profundo espíritu de aventura, y la palabra profundo aquí quiere decir inherente. Este espíritu de aventura es lo que me da la aproximación más neutral y real a la vida y, desordenadamente, a la escritura (Lispector, 2007, pág. 34).

      Esa aventura de vivir y de vivir escribiendo o escribir viviendo, le da a Clarice un estilo en el que subyace un lenguaje y una capacidad de representar el  mundo con la conjunción armónica de palabra y silencio, de modo tal que en ella, en su escritura, es posible visualizar

que el estilo es siempre un secreto; pero [que] la vertiente silenciosa de su referencia no se relaciona con la naturaleza móvil y sin cesar diferida del lenguaje; su secreto es un recuerdo encerrado en el cuerpo del escritor; [su] virtud… no es un fenómeno de velocidad … sino un fenómeno de densidad, pues lo que se mantiene derecha y profundamente bajo el estilo, reunido dura o tiernamente en sus figuras, son los fragmentos de una realidad absolutamente extraña al lenguaje (Barthes, 1997, pág. 3).

      En el texto “Acordarse” de Para no olvidar (2007), Clarice lo expresa claramente:

Muchas veces escribir es acordarse de lo que nunca ha existido. ¿Cómo conseguiré saber lo que ni siquiera sé? Así: como si me acordase. Con un esfuerzo de “memoria”, como si yo nunca hubiese nacido. Nunca he nacido, nunca he vivido: pero yo me acuerdo, y ese recuerdo está en carne viva (Lispector, 2007, pág. 32).

      Según la propia autora escribir es un proceso en el que se entretejen errores, valor, pereza, desesperación y esperanza, atención y sentimiento; un proceso que no conduce a nada y sin embargo por muy contradictorio que resulte, se acerca al propio vivir; un proceso que hunde sus raíces en la paciencia, pero en una paciencia productiva y que indefectiblemente aflora en un momento de revelación.

Clarice

Clarice
por Stegun