Un recorrido por textos y calles nos conduce, necesariamente, a reinventarnos, a re-escribirnos, a pertenecer al conjunto y redefinirnos, accionando entre los unos y los otros.







lunes, 27 de septiembre de 2010

LA ESCRITURA DE LISPECTOR

           


      La escritura de Clarice Lispector goza de unos atributos tan especiales que la crítica no ha dudado en denominarla hermética. Se trata de la producción de una literatura de ficción que juega con las esferas del yo y del otro, de manera inquietante, instalando y consolidando el sujeto femenino como voz narrativa. Una escritura que aparece en un momento de revelación cuando todavía es una niña de siete años y al mismo tiempo que aprende a leer. La misma Clarice lo expresa:

Después, cuando aprendí a leer, ¡devoraba los libros! Pensaba: ¡mira, qué cosa! Yo        pensaba que el libro era como un árbol, como un animal: ¡una cosa que nace! ¡No había descubierto que había un autor! Allí, a las tantas, yo descubrí que había un autor. Y dije: “Yo también quiero” (Gotlib, 2007, pág. 108).

      Desde entonces su relación con los libros, la lectura y la escritura será muy especial y desde sus primeros textos experimentará un “apego a sensaciones, impresiones, al no-acontecimiento, espiadas desde la línea de continuidad temporal, en recortes fragmentarios de lo real” (Gotlib, 2007, pág. 109).
      Su producción literaria, variada y extensa, pone en jaque la cuestión del género: Clarice no se preocupa por encuadrar sus textos dentro de un género, por eso juega con ellos corriendo las fronteras. Así, donde hay un cuento, también hay una crónica y viceversa, hasta que,
los cuentos y crónicas comienzan a circular en el interior de la producción de Clarice Lispector con movimientos que en ocasiones parecen caprichosos y, a veces, premeditadamente casuales, tanto que seguir el curso de cada texto se torna por momentos una empresa en verdad fascinante (Solans, 2010, pág. 6).

      Todos estos textos abordan los temas recurrentes de la autora “en muy diferentes claves, ensayando distintos tonos y géneros” (Freixas, 2001, p. 18): lo sagrado, la necesidad de amar, de ser feliz, el misterio de la vida, la búsqueda del otro y de sí misma, las limitaciones del lenguaje para reflejar la realidad.
      Pero la suya es también una escritura de búsqueda centrada en la preocupación por develar el verdadero ser, el suyo y el de las cosas acarreando la incomodidad de las palabras, “si tuviese que poner un título a mi vida sería: en busca de la cosa en sí” (Lispector, 2007, pág. 106). Así lo expresa en “Escribiendo”:

Escribí buscando con mucha atención lo que se estaba organizando en mí y que sólo   después de la paciente quinta copia empecé a entender. Mi recelo era que, por impaciencia con la lentitud que tengo en comprenderme, estuviese creando un sentido antes de tiempo. Tenía la impresión de que, aunque me concediese más tiempo, la historia diría sin convulsión lo que tenía que decir …no sé “vestir una idea con palabras”(Lispector, 2007, pág. 34).

      En la búsqueda que la autora hace, los textos ponen en escena una tensión entre la palabra y el silencio, entre lo dicho y lo no dicho revelando la presencia de aquello que es sumamente importante: “Pero ya que hay que escribir, que al menos no aplastemos con palabras las entrelíneas” (Lispector, 2007, pág. 27). En esas entrelíneas depositará la escritora un sentido, un significado que por añadidura resulta compartido: es responsabilidad de “un nosotros” descubrir y no desoír aquello que se oculta. Porque en la escritura, en la tensión entre palabra y silencio “resuenan … las voces de las otras personas, de opiniones, de posiciones individuales y de grupos sociales” (Bubnova, 2006, pág. 101). La escritura entonces resulta una necesidad, un acto del que no puede escapar, un deber ético, el deber ético de comprenderse a sí misma, de comprender el mundo y hacerlo claro, para sí y  para los demás. La escritura es para Clarice la única forma de “entender”:

Escribir es una necesidad para mí. Por un lado, porque escribir es una manera de no falsear el sentimiento…; por otra parte escribo por mi incapacidad de entender si no es a través del proceso de escritura…Acepto el riesgo…no …por libertad arbitraria o por inconsciencia, o por arrogancia; cada día cuando me despierto, hasta por costumbre, acepto el riesgo. Siempre he tenido un profundo espíritu de aventura, y la palabra profundo aquí quiere decir inherente. Este espíritu de aventura es lo que me da la aproximación más neutral y real a la vida y, desordenadamente, a la escritura (Lispector, 2007, pág. 34).

      Esa aventura de vivir y de vivir escribiendo o escribir viviendo, le da a Clarice un estilo en el que subyace un lenguaje y una capacidad de representar el  mundo con la conjunción armónica de palabra y silencio, de modo tal que en ella, en su escritura, es posible visualizar

que el estilo es siempre un secreto; pero [que] la vertiente silenciosa de su referencia no se relaciona con la naturaleza móvil y sin cesar diferida del lenguaje; su secreto es un recuerdo encerrado en el cuerpo del escritor; [su] virtud… no es un fenómeno de velocidad … sino un fenómeno de densidad, pues lo que se mantiene derecha y profundamente bajo el estilo, reunido dura o tiernamente en sus figuras, son los fragmentos de una realidad absolutamente extraña al lenguaje (Barthes, 1997, pág. 3).

      En el texto “Acordarse” de Para no olvidar (2007), Clarice lo expresa claramente:

Muchas veces escribir es acordarse de lo que nunca ha existido. ¿Cómo conseguiré saber lo que ni siquiera sé? Así: como si me acordase. Con un esfuerzo de “memoria”, como si yo nunca hubiese nacido. Nunca he nacido, nunca he vivido: pero yo me acuerdo, y ese recuerdo está en carne viva (Lispector, 2007, pág. 32).

      Según la propia autora escribir es un proceso en el que se entretejen errores, valor, pereza, desesperación y esperanza, atención y sentimiento; un proceso que no conduce a nada y sin embargo por muy contradictorio que resulte, se acerca al propio vivir; un proceso que hunde sus raíces en la paciencia, pero en una paciencia productiva y que indefectiblemente aflora en un momento de revelación.

martes, 21 de septiembre de 2010

Cerca del corazón salvaje

Escrita en 1944, Cerca del corazón salvaje es la primera novela de Clarice Lispector. Irrumpiendo en el mundo literario de Brasil con esta obra, la autora marcará un rumbo, una tendencia en toda su producción que será una constante y que alcanzará su punto más álgido con otras dos novelas: La pasión según G.H de 1964 y La hora de la estrella, publicada poco tiempo antes de su muerte en 1977.

Sobre La hora de la estrella
                         La novela fue escrita "en estado de emergencia y calamidad pública" y por eso el derecho al grito, de Macabea y de todos, sin respuesta, repercute en un llamado tan fuerte, dirigido al lector: "Si hubiera un lector para esta historia, quiero que él se empape desde el comienzo, como quien cae en un charco. La chica es una verdad de la cual yo no hubiera querido saber. No sé a quién acusar pero ha de haber un reo".
                                                Gotlib, N. B. Clarice, Una vida que se cuenta

sábado, 18 de septiembre de 2010

La obra de Clarice

La obra de Clarice se centra toda en la palabra: la palabra entrañada en espíritu de mujer. No es la suya una literatura de mujer calcada sobre esquemas de la litratura masculina y con intención de transgredirla.
Su obra, a partir de Cerca del corazón salvaje (1944), fue acogida por la crítica y los lectores de Brasil con una mezcla de entusiasmo y desconcierto. Rompía con la tradición barroquizante de la narrativa brasileña, y se instalaba en una introspección obsesiva.
Desde la consciencia de la radical incomunicación y del fracaso de la expresión conceptual para penetrar en el mundo de las vivencias, Clarice trabaja sobre lo indecible desde una inmensa, desmedida, pasión por la escritura, y renuncia a contar historias para  expresar sensaciones. Lo valioso entonces es la escritura en sí, la búsqueda de la consciencia a través del lengauje. Sólo la palabra puede salvarnos de la contingencia.

Basilio Losada. "Introducción" (fragmento) en Cerca del corazón salvaje. Madrid: Siruela. (2008)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Escritura epifánica

La epifanía, cuyo significado es revelación o manifestación, se asocia con la religión y la mística y desde esa perspectiva ha sido estudiada en la obra de Lispector por críticos como Antonio Maura (1998). Olga de Sá (1979) es la crítica que, recuperando los trabajos de otros analistas de la obra de Lispector, como Benedito Nunes (1969) y Luis Costa Lima (1966), analiza el uso de este término desde que es empleado, en la literatura, por su precursor James Joyce. De su estudio, la crítica brasileña concluye que la epifanía es una técnica narrativa que desemboca en lo que ella llama una “escritura epifánica”. Según Olga de Sá



" el término epifanía proviene de la esfera religiosa y significa manifestación, aparición, aparición de Dios en el mundo ante los ojos de los hombres, con formas sencillas. Repentinamente … perceptible a los sentidos, sobre todo a los ojos (visiones) y a los oídos (voces)" (Olga de Sá, 1984 en Salem, 2006, pág. 51).



Otro crítico que analiza la obra de Lispector desde una perspectiva estructuralista es Affonso Romano de Sant’Anna, para quien



"epifania (epiphaneia) pode ser compreendida num sentido místico-religiosos e num sentido literário. No sentido místico-religioso, epifania é o aparecimento de uma divindade e uma manifestação espiritual, e é neste sentido que a palavra surge descrevendo a aparição de Cristo aos gentis. Aplicado à literatura o termo significa o relato de uma experiencia que a principio se mostra simples e rotineira, mas que acaba por mostrar toda a força de uma inusitada revelação" (Sant’Anna en Maura, 2003, págs. 364, 365).



Pero en la escritura de Lispector la epifanía tiene otras características: no se trata necesariamente de la revelación de Dios y viene dada no por la palabra, sino en la mayoría de los casos por el silencio.

Así, en los textos de Clarice la epifanía está presente, articulando como punto central lo que Reinhard Huaman Mori considera las principales características de las narraciones de Lazos de familia (2005), a saber:



-Presentación de personajes, quienes se ven inmersos en una realidad de costumbres y hechos repetitivos.

-Una intromisión fortuita de un hecho natural que desarticula dicha existencia cambiando el sentido de la realidad.

-Cuestionamiento del orden primero y sus relaciones con esta ruptura. Se produce el descubrimiento de la vida y de la muerte, del amor y del odio, del eros y del tanatos; (Huaman Mori, 2005).



Todo lo cual estructura un marco organizativo en el que la experiencia epifánica inscribe en el personaje una capacidad de subversión del orden establecido: la epifanía es una apertura al conocimiento de otro orden, de otra realidad.



            "Todo este devenir tiene un punto central, que sin él nada puede suceder, que es la epifanía. Ahora bien, esta revelación … es activada por cualquier hecho banal o natural, y a partir de ello los personajes se encuentran inmersos en un profundo flujo de conciencia. El flujo de conciencia rompe con los límites espacio-temporales y la realidad se vuelve mítica, pues este flujo cruza y entrecruza diversos planos narrativos dentro de los relatos de C. Lispector. Los momentos epifánicos son totalmente traumáticos, ya que se origina una cadena de ruptura de los valores conocidos por otros completamente desconocidos" (Huaman Mori, 2005).

Bibliografía

Huaman Mori, R. (2006). Clarice Lispector: De la epifanía a la hierofanía. La siega, 1-6Disponible en http://www.lasiega.org/entrega4/entrega4_15.pdf. Recuperado el 20 de abril de 2010.

Maura, A. (1997). El discurso narrativo de Clarice Lispector. Madrid: Universidad Complutense. Tesis doctoral. Disponible en http://eprints.ucm.es/tesis/19972000/H/3/H3065701.pdf. Recuperado el 18 de junio de 2008.

Salem, D. (2006). Narratología y mundos de ficción. Buenos Aires. Biblos

Terrazas, C. H. (2008). La náusea literaria contemporánea en Clarice Lispector. Barcelona: Tesis doctoral disponible http://www.tdx.cbuc.es/TESIS_UB/AVAILABLE/TDX-0309109-104905/CHT_TESIS.pdf. Universidad de Barcelona.Recuperado el 13 de abril de 2009.




jueves, 9 de septiembre de 2010

Los sujetos excéntricos. (Sobre la teoría de Teresa de Lauretis)

La teoría de los sujetos excéntricos - de Teresa de Lauretis- está basada en la "hipótesis de un autodesplazamiento al mismo tiempo social y subjetivo, externo e interno, político y personal". Un sujeto excéntrico sería entonces aquel que experimenta un desplazamiento, una transformación que implica dejar el lugar "seguro" del centro para ocupar la periferia, un otro lugar, desconocido, lo que acarrea, consecuentemente, nuevas formas de mirar y de pensar, excéntricas, respecto de un centro que siempre es el lugar de dominio que ejercen los aparatos socioculturales que determinan la identidad.
 “un sujeto que ocupa posiciones múltiples, distribuidas a lo largo de varios ejes de diferencia, y atravesado por discursos y prácticas que pueden ser –y a menudo lo son- recíprocamente contradictorios … y [que] tiene la capacidad de obrar, de moverse y dislocarse de forma autodeterminada, de tomar conciencia política y responsabilidad social, incluso en su contradicción y no coherencia” (Lauretis, 2000, pág. 137).


La posición hegemónica de los discursos heterosexuales –que dan por ejemplo por sentado la cuestión de género como marca indiscutible de identidad- se organizan a partir de un “contrato heterosexual” que avala tanto los aparatos ideológicos como las instituciones socioeconómicas como instrumentos de opresión. El sujeto que se posiciona fuera de ese lugar y cuestiona tanto las instituciones como los discursos hegemónicos y se enfrenta, además al orden establecido desconociendo aquel contrato heterosexual, es un sujeto que necesariamente asume un punto de vista excéntrico, “es un sujeto excéntrico al campo social, constituido en un proceso de interpretación y de lucha, de reescritura de sí en relación a otra forma de entender lo social, la historia, la cultura” (Lauretis, 2000, pág. 145).

Caseros

Agotado, porque las tardes de la capital tienen esa energía avasallante de la gente que va y viene con toda la prisa del mundo, llegué a una esquina del centro.
Las palomas picoteaban -son tan tontas esas aves- los restos de una graduación, al mismo tiempo en que los faroles de la calle se encendían, a pesar de que la tarde todavía era luminosa. Y de repente la vi, sentada a una mesa, en plena peatonal, fumando un cigarrillo extraño; enfrente, sobre la mesa, los restos de un café o un cortado -el olfato y la vista no me dan para tanto. Pero lo que sí percibí, entre las ráfagas de una brisa que le daba en el rostro, fue un perfume extraño, a maderas y azúcar, a picor de granos de pimienta negra.
Era bella, a su manera, y simple como un cielo sin nubes. Me senté a su lado, de atrevido, no más. Pensé que pasaría desapercibido. Pero no; me miró y me dijo ¡hola! Bostecé con mi bocota simulando mi sorpresa. Me fui. Ahora hace frío y la brisa corre con más entusiasmo. Estoy lejos de aquella esquina, de aquel barcito, de aquella mujer.
Soy un perro de la calle y, en este rincón en el que intento acomodar mis huesos para pasar la noche, aún huelo y saboreo los granos de pimienta negra mezclados con azúcar.

Clarice

Clarice
por Stegun