Agotado, porque las tardes de la capital tienen esa energía avasallante de la gente que va y viene con toda la prisa del mundo, llegué a una esquina del centro.
Las palomas picoteaban -son tan tontas esas aves- los restos de una graduación, al mismo tiempo en que los faroles de la calle se encendían, a pesar de que la tarde todavía era luminosa. Y de repente la vi, sentada a una mesa, en plena peatonal, fumando un cigarrillo extraño; enfrente, sobre la mesa, los restos de un café o un cortado -el olfato y la vista no me dan para tanto. Pero lo que sí percibí, entre las ráfagas de una brisa que le daba en el rostro, fue un perfume extraño, a maderas y azúcar, a picor de granos de pimienta negra.
Era bella, a su manera, y simple como un cielo sin nubes. Me senté a su lado, de atrevido, no más. Pensé que pasaría desapercibido. Pero no; me miró y me dijo ¡hola! Bostecé con mi bocota simulando mi sorpresa. Me fui. Ahora hace frío y la brisa corre con más entusiasmo. Estoy lejos de aquella esquina, de aquel barcito, de aquella mujer.
Soy un perro de la calle y, en este rincón en el que intento acomodar mis huesos para pasar la noche, aún huelo y saboreo los granos de pimienta negra mezclados con azúcar.
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